Las lágrimas no son moscas

Por: Eric Menjivar   | 

Por: Aixa de López

No son. Son como chayes del alma que no se pueden contener y buscan escapar para dar una voz de alarma de que algo demasiado grande se quebró por dentro. Y son un regalo de Dios.

Las lágrimas no están diseñadas para ser tragadas ni escondidas. Tampoco para ser espantadas. Tan raro como suene, fueron hechas para aliviarnos unos a otros, al secárnoslas unos a otros, por turnos, o al solamente sentarnos a no decir nada y llorar simultáneamente, sólo porque nos queremos (Gálatas 6:2).

Una de las líneas más lindas y profundas que alguien me ha dicho jamás, la escuché cuando tenía 12 años, en labios de la que fue mi mejor amiga, también de 12 años, Mónica. Fue una mañana muy peculiar porque de camino al colegio, mientras mi mamá manejaba, nos dio una noticia terrible. Mis dos hermanas y yo entramos llorando al colegio, y recuerdo bien, que por alguna extraña razón, había puesto en uno de los patios, una carpa de circo, debió haber sido una actividad de los más chiquitos. Con ese fondo tan absurdo, mi amiga nos vio entrar y me abrazó llorando, diciendo: “no sé porqué están llorando, pero si a ustedes les duele, a mi también”. Nunca supo porqué llorábamos y nunca le importó. Mi corazón le agradece aún hoy.

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Qué gesto heroico llorar con los que lloran, sin preguntar, sin tratar de explicar, sin minimizar, sólo llorar. No hay vínculo más fuerte que el de ser débiles juntos.

Me deja perpleja y me desespera, que tantos cristianos, tan a menudo fracasemos en hacer simplemente eso: llorar con los que lloran. Me parece muy ridículo porque nuestro Cristo, jamás espanta las lágrimas. Jamás trata de distraernos del dolor. Nunca nos levanta mágicamente para volar sobre el valle de sombra, o cava un túnel secreto debajo de él… Jamás. Él nos toma de la mano, nos abraza, nos carga si es necesario y nos atraviesa por el dolor y nos deja llorar. No nos suelta, pero no nos anestesia. (Salmo 23)

No sé porqué teniendo en papel, registrada la historia de cuando lloró frente a la tumba de su amigo (Juan 11), ignoramos que es nuestra autorización para poder hacerlo sin pedir disculpas. Llorar no es un defecto. Es un rasgo divino y cualquiera que se apure a condenar o querer que “se nos pase rápido” no entiende el valor de las lágrimas para el Dios que nos hizo (Salmos 56:8). Para todo hay tiempo. Ya vendrá la mañana, pero mientras sea nuestra noche, podemos llorar.

La gente que trata de ahuyentar mis lágrimas, me ahuyenta a mí. El mensaje que damos cuando no damos lugar a la tristeza cuando es tiempo de dárselo, es: hay algo malo en tu dolor, hay algo malo en ti, pero sospecho que la gente que actúa así ha sentido miles de veces: Hay algo malo en mi dolor, hay algo malo en mí.

Las lágrimas no asustan o incomodan a Jesús, lo acercan (Salmo 34). Deberían hacer lo mismo con nosotros. Supongo que toda esta cultura de la “vida victoriosa” nos hace asumir que si lloramos, somos débiles y según esa cultura, la debilidad ¿significa falta de fe o confianza? No entiendo bien… porque la Biblia es clara en llamarnos bienaventurados cuando lloramos (Mateo 5) y darnos perspectiva diciendo que todo el sufrimiento será momentáneo (Romanos 8:18) y tiene como fin producir en nosotros el carácter de Cristo (Santiago 1) … ¡cómo cantamos y decimos que queremos imitarlo!… hasta que nos llega el turno de rendirnos y llorar frente a la tumba de nuestros planes y sueños…

Y allí está Él… sin espantar nuestras lágrimas, sin darnos razones, sólo “viéndonos pupila a pupila, pegando su frente a la nuestra, con nuestra cara entre sus manos…” Bien cerca. Bien real. Apreciando cada lágrima y diciendo: te entiendo. Vamos a hacerlo juntos. Su pecho es el lugar más seguro y hermoso para llorar. – See more at: http://www.aixadelopez.org/#sthash.xtYC24Xj.dpuf

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