Hoy hice un pastel

Por: Sussy Rodriguez   | 

Por: Bellita Zapata

Hoy hice un pastel. Este había sido un día difícil, triste, volviendo a absorber la realidad de la reciente partida de mi amado padre, gran siervo de Dios. Mis lágrimas regaban el florero vacío que él siempre llenaba cada día de la madre, día de la mujer, día del maestro, cumpleaños, día del cariño, cualquier día traía flores. Sus flores alegraban mi casa y mi vida. Los colores añadían color a nuestra amistosa, respetuosa y alegre relación. Sus flores me seguían asegurando su caballerosidad, admiración y profundo amor. Así lo hizo con mi madre y lo seguía haciendo con su nuera, sus dos hijas y tres nietas.

Y yo, ¿qué hacía para y por él? Entre otras, le hacía un pastel. El día del padre, el día del maestro, el día del abuelo, el día del cariño, cualquier día, le hacía un pastel. Mi pastel le seguía asegurando que mi madre, su amada esposa, me había enseñado a ser buena ama de casa, cuidadosa del padre y esposo, le aseguraba mi admiración y entrañable amor. Así lo hizo mi madre por él y yo lo seguí haciendo por él.

Así que hoy, “tenía” que hacer un pastel. Pero no fue cualquier pastel. Fue un pastel “familiar”, un pastel de recordación, en honor a, en memoria de…

Busqué el cuaderno de las recetas de mi amada tía Tere. Mi tía Tere me enseñó a pintarme las uñas. Era la tía elegante y alegre. La tía que las sobrinas admirábamos por su belleza exterior y por su amor y servicio a Dios. Tía Tere y su esposo Héctor (hermano de mi mamá), murieron en un accidente donde mis padres por poco mueren también. Mi mamá fue quien desocupó la casa de mis tíos, dispuso de sus bienes. Tiempo después varias mujeres de ambas familias de los tíos, recibimos de mi mamá un precioso regalo: un cuaderno en cuya primera página está la foto de nuestra preciosa Tere, y su contenido recetas que tía Tere tenía a la par de su estufa, recetas que obviamente usaba con frecuencia. Un precioso y delicioso legado.

En seguida busqué el molde que usaría para hornear el pastel. Tomé el molde que mi mamá me heredó hace tres años cuando ella partió a estar con su Señor a quien sirvió con obediencia y amor. Ella usó muchas veces ese molde para hacerle un pastel a mi papá. Era el molde perfecto para el pastel que haría hoy. Un molde que sirvió para endulzar nuestras tardes familiares, los momentos del café, las risas y lágrimas que vivieron con mi papá, para compartir con amigos y otros siervos del Señor.

Hice la receta del pastel de tía Tere, lo vertí en el molde de mi amada madre. Pero este pastel tenía que ser horneado en un horno especial. El horno que me regaló mi hermana. Mi única hermana que ha sido abnegada sierva de Dios, misionera transcultural, fiel ayuda idónea, madre y abuela ejemplar, alegre, cariñosa, cuidadosa hermana y amiga. Mi hermana, precisamente en estos días está partiendo a vivir en otro país. Feliz por ella pero queda otro vacío familiar, otra añoranza de familia y compañía.

Hoy hice un pastel, ocasión, receta, molde, horno de recordación y amor. Hoy hice un pastel por mis amados, por mí. Hoy hice un pastel por mi Dios, pues en cada paso fui agradeciendo y recordando el amor, gracia y fidelidad de mi Dios, hacia mis amados, hacia mí. Y al saborear el delicioso pastel,   comprobé una vez más la verdad de sus promesas: “Pero yo cantaré de tu poder, porque has sido mi amparo y refugio en el día de mi angustia.” “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” (Salmos 59:16, 16:11).

 

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