Cómo ha pasado el tiempo…

Por: Sussy Rodriguez   | 

Por: Vilma Marroquín de Rodríguez

Hoy hace 7 años recibimos una llamada telefónica que cambió nuestras vidas para siempre: » Creo que su hijo está en la morgue», nos dijeron.

Cuánto ha pasado desde ese domingo en la tarde…

Y aquí estoy, viva, cumpliendo un propósito  que jamás imaginé y que nunca hubiera escogido. Pero que  era el perfecto, porque venía del corazón de Dios.

El no haber podido decir «adiós» y dar el último beso, abrazo y expresar cuánto lo amaba, fue muy doloroso. Solo me quedó la seguridad de que se lo dije muchas veces en sus 23 años de vida, y que él, simplemente lo sabía.

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«Que bien lo has superado»- me dicen-. «Has tenido un buen cierre». Sin embargo, me encantó escuchar que los cierres son para los negocios y las cuentas. Creo que  la palabra cierre en una relación madre-hijo no es la adecuada. Ésta, dura para siempre, porque así lo dice la Biblia «el amor permanece para siempre» y «nunca deja de ser».

Por supuesto; mi hoy es diferente a 7 años atrás. Mi corazón fue quebrantado y el quebrantamiento nos  cambia en lo más profundo del ser. He caminado y he avanzado con la ayuda de Dios. He sido consolada por su Espíritu Santo, quien es el Consolador por excelencia.

Especialmente hoy quiero dirigirme a los padres que inician este doloroso proceso de la muerte de un hijo:

– Hay un antes y un después de la muerte de un hijo. La vida no puede ser la misma.

– Les aseguro, que a medida que van caminando (aunque hay momentos en que damos un paso y retrocedemos dos), empezarán a tener momentos, y luego días, en que aparecen unos rayos de luz y de paz. Sé que al principio no lo creemos posible, pero es real.

– Nuestros corazones aprenden a amar en el recuerdo. Aunque con lágrimas, algunas veces, podremos dibujar una sonrisa en nuestros labios y vivir agradecidos por el tiempo que el Señor nos los prestó.

– Podemos decidir, que la muerte  de nuestros hijos nos destruya, o nos haga mejores personas. Esa, si es nuestra decisión.

En esta fecha especial, me doy el permiso de extrañar y de simplemente recordar la Escritura «hasta aquí nos ha ayudado Dios». Y como dice una alabanza «incomparables promesas me das Señor», y las de vida eterna, para mi familia y para mí, se han hecho una realidad.

La oscuridad, dolor, soledad y vacío del duelo se han convertido en amor, mucho amor, por aquellos que inician este proceso. Y al final… ¿cómo lo hubiera entendido a esta profundidad, si yo misma no lo hubiera vivido en carne propia?

 

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